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lunes, 9 de julio de 2012

RECUERDO EN SEPIA

Particularmente, esas fotos sepia, me tientan la mirada. Inmediatamente las imágenes trasgreden alguna barrera y pasan certeras hacia algún rincón donde las emociones estallan.Cobran vida. Elaboran una historia con vestigios de otra historia. Jirones que permanecen en clarosuros, cámara lenta, voces apagadas.
Una actividad frenética dispara chispas poniendo en marcha un motor. Todo parece hoy.
La niña está dispuesta luego del ritual, a dejarse llevar por su madre.Por fin entrarían al templo misterioso. Hasta entonces, sólo se contentaba con quedar del lado de afuera de la vidriera, que invariablemente se renovaba todos los sábados.La estrategia comercial de Casa Guimarey era proverbial, en tiempos del hábito argentino: sábado a la noche, cine.
La casa Guimarey o los Estudios Guimarey , se situaba justo en frente del Gran Cine Ocean y a pocos metros del Jockey Club. Era también un punto elemental camino a Misa de domingo. De modo que sus vidrieras eran constantemente observadas y comentadas no sólo por los cinéfilos que aprovechaban el tiempo de intervalo para salir a fumar un cigarrillo los hombres, o a mirar cómo había ido la vecina o con quién, las mujeres. La mayoría, cruzaba la calle para mirar las obras de Don Ricardo. Todo Villa Dolores había sido retratado por él y era de prestigio tener una foto propia realizada y firmada por el artista de la cámara.Todo acontecimiento se convertía en una pieza estática para curiosear y motivar el diálogo.
El día que mi madre decidió que el fotógrafo me hiciera un retrato,no lo recuerdo con exactitud, pero sí retengo en la memoria el concepto de que para la familia sería un acontecimiento: si los zapatitos de charol, blancos o negros -"guillerminas" , por supuesto. Las medias blancas, sin discusión.Si las enaguas de organza con volados y puntillas: tres o cuatro. Si la bombacha con volados. Si el vestido de plumetí con motas rosadas o azules, si solero o entero. Bucles, por supuesto, luego de un prolijo lavado y tratamiento abrillantador con jugo de limón en el agua del enjuague.Moños de raso azul.Agua de Colonia Lavanda.
Las tijeras de calor para enrular el cabello estaban listas y la paciencia amorosa de mi madre se tomaba todo su tiempo para armar los rizos en mi lacia y larga cabellera.
También yo debí de ser un "pozo de agua" para tolerar la quietud que imponía el momento del peinado.
La fragancia de lavanda me encantaba.Y sentirla desprenderse desde la piel me seducía.
Estaba impaciente por el momento de ponerme toda esa ropa vaporosa, de espumas, para mirarme al espejo, gracias al cuál ería el rostro complacido de mamá.
Ya el segundo moño de los hombros había sido anudado y compuesto.
Me miré en el espejo. ¿Cuánto tiempo? Recordé el dibujo de mi libro "Alicia en el país de las maravillas" cuando todavía ella no había traspasado el espejo... Unos golpes suaves en la puerta del cuarto me quitaron el momento encantador.
"¡Qué linda está mi reina!" - dijo mi padre reteniendo su habitual costumbre de alzarme en brazos. Y poniéndose a mi altura, abrió mi carterita de charol que llevaba en bandolera, me puso un billete crujiente para que al volver comprara de esos caramelos parecidos a caracoles de nácar.
Subimos al coche de alquiler:primero yo para que mami acomode los vuelos de la falda, y luego ella.
Mientras hacíamos el corto tramo hasta destino, mamá me llenó de recomendaciones que olvidé en cuanto ella tuvo que soltar mi mano para sacar el dinero y pagar al conductor que había estacionada orillando la vereda del Cine. Creí oportuno adelantarme y me dispuse, autónoma. cruzar la calle-. Un ruido a frenos y sentirme tirada de los brazos fueron al mismo tiempo. Mi madre hablaba asustada con Guimarey a quién le agradecía haberme salvado al menos de las consecuencias de un choque.
Madre temblaba y estaba pálida, mientras trataba de recomponerme. Yo poco entendía. Sólo sabía que me habían alistado para que lo que sucediera en el estudio fuera luego a la vidriera de Don Ricardo.
Subimos las escaleras y entramos a un recinto donde había cortinas en las paredes, una especie de paraguas plateados, una mesa donde al momento de enfocarme me entronizaron, y frente a ella un "pájaro de metal" con tres patas y un ala negra que caía como un penacho desvaído, hacia atrás de su misterioso rostro con un sólo ojo.
EL hombre le pidió a mi madre que me acomodara sobre la mesita redonda.sentándome en ella. que los volados así, que la manita allá, que la pierna sobre la otra, que la mirada donde iba a posicionarse mi madre, que otra mirando al pájaro, y los fogonazos dejándome absorta.
¡Linda nena, linda nena! Decía el hombre una vez metido dentro del penacho del pájaro de metal y sacaba sus manos torciendo el ojo del la pobre ave. Y después, la luz enceguecedora. Yo sentía miedo, curiosidad, excitación. Y mamá estaba allí. Y si estaba allí, tenía que estar tranquila.
Me bajaron de mi trono, y escuché que el Señor le decía a mamá, el sábado la expondré en la vidriera.
Salimos, esta vez sin lograr que me soltara de la mano por ningún motivo. "Me has dado un susto enorme". "Ahora ni para abrir tu carterita te voy a soltar" y más me atrapaba mi mano. Llegamos al kiosco, elegí los caramelos nacarados. y regresamos de a pie.
En casa, mi abuela Juana y tía Zulema habían ido a "festejarme". Cuando comenzaron a enterarse de mi soltada de manos, comencé a caminar hacia atrás, desde la galería hacia el patio, como temiendo la mirada crítica de mi abuela que me petrificada con esos bellos ojos color de cielo. Mamá y tía me gritaban cuidado, cuidado, cuidado al tiempo que me caía en un fuentón lleno de agua de lluvia. mojando los volados de la bombachita, las tres enaguas de organzas con sus profusos volados, el vestido de plumetí, y los elaborados bucles tan alabados.
Corrieron a recogerme, yo muerta de vergüenza, temiendo alguna penitencia.
AL pasarme frente del espejo, me pregunté si ya, como Alicia, estaba al otro lado de la vida normal...

5 comentarios:

Rodolfo N dijo...

Gracias amiga por propiciar este reencuentro, que las múltiples actvidades sabotean. Precioso y nostálgico relato en tus manos creativas.
Besos.

TriniReina dijo...

Todos sufrimos ese momento extraordinario que, de golpe, nos saca de la infancia y "abandona" en plena adolescencia.

Cuánto respeto se le tenía entonces a los padres o abuelas y tías o a los mayores en general.

Besos

virgi dijo...

Un retroceso para volver a la normalidad. A esa edad me encantaba estar descalza, en verano, entre los patios y la calle casi desierta.
Besos, Diana

Marlene Ibañez! ♥ dijo...

Señora Diana! Siempre usted con sus relatos tan peculiares. Me encantó y pienso lo mismo de las fotos sepia, también me fascinan.
Espero que siga muy bien. Besos:)

Marlene Ibañez! ♥ dijo...

Señora Diana! Siempre usted con sus relatos tan peculiares. Me encantó. Y yo también creo que las fotos sepia son fascinantes.
Espero que siga muy bien. Besos :)