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sábado, 26 de junio de 2010

Fe a toda prueba

La madrugada de ese domingo de mayo traía en los aires campanadas tempraneras.
El sacerdote había soltado a vuelo el llamado a rezar el rosario de la aurora. .
_ “Faltan pocos días para el 22 y el pueblo entero va a conmoverse en sus entrañas religiosas: Santa Rita estará contenta”...Pensó el hombre mientras jalaba de las gruesas sogas que baten los badajos de bronce.
- “El campaneo se oye con distinta fuerza según la distancia, pero llega”… Dijo Doña Damiana a “su viejo”, mientras apuraban una taza de mate cocido apenas cortada por una cucharada de leche en polvo de la que entregan en el PAMI para los pobres, pobres jubilados.
- “Se oye como el choque de dos cucharas de lata” fue el triste comentario del viejo…
Ninguno de los dos tenía precisión que les recordara cuánto tiempo hacía que estaban juntos. Lo que tenía por cierto era esa necesidad del uno por la otra y viceversa. Por eso era que - sin protestar -, el viejo acompañaba a Doña Damiana a rogar a Santa Rita por una vida sin mucho sobresalto…Un poco mejor de la resignada a la que ya estaban acostumbrados…Curtidos, se diría.
Cada uno dejó su tazón lavado, boca abajo sobre la vieja mesa de patas oblicuas cubierta por un hule añejado. En la humildad de la habitación que oficiaba de cocina, comedor, o sala de estar, la prolijidad y el orden era todo el lujo que se ostentaba.
Acomodaron las sillas que habían usado y salieron juntos hacia la puerta frontal. Atravesaron los escasos metros de la huerta - jardín acompañados por tres perros de raza incierta que les demostraban su fidelidad moviendo sus colas en vaivén.
El marido de Damiana miró al cielo… Una nube pesada parecía haberse instalado sobre el barrio pobre de la ciudad…
_ ¡Carajo! Más lluvia, parece… Vamos a mojarnos otra vez nuestro calce, Dami. Y la ropa… _ ¿Y si nos quedamos? Preguntó a su mujer, sabiendo que vendría una negativa firme.
_ ¡Ni se te ocurra Isidro!... ¡Quedate vos, pero yo a mi Santa no la abandono!... O ¿Ya te olvidaste de cuántos favores le debemos?
Isidro negó haber olvidado… Es cierto: a lo largo de sus vidas habían rogado en varias oportunidades y en cada una de ellas habían sido escuchados por la Santa de los Imposibles. “Tanta habrá sido su insistencia que Diosito le daba permiso para hacer el milagro”… caviló Isidro.
Caminaron unos pasos sobre la calle de tierra cuando la pesada nube dejó de ser una presencia silenciosa: un rumor se descolgaba del aire que parecía electrizado. Ambos pararon en seco: cruzaron sus miradas. El temor de Damiana duró un segundo. Isidro, la tomó protectoramente de los hombros mientras le deslizaba un ruego:
-Esperame, viejita. Voy a buscar algo que nos proteja por si llueve…
Damiana asintió. Lo vio irse con su particular que daba a entender una agilidad perdida.
-¡No tardes, Isidro! Le dijo preocupada… Los minutos que estaban pasando los obligarían a tomar el colectivo urbano que pasa por la ruta que parte en dos al pueblo: “los del centro y nosotros” pensó con algo de amargura…
Isidro ya estaba de regreso pisando esa tierra seca y firme que se transformaba en una inmensa masa oscura luego de la lluvia. ¡Si habrán perdido alpargatas en ese barro infame! E inmediatamente la sacudió ofensivamente el recuerdo del olor a podredumbre del fango persistente de las inundaciones del 98… Fue cuando perdieron todo, menos la dignidad. Y terminaron rumiando penas en el terreno prestado por su cuñado, cerca del basural municipal, levantando su casa, mezcla de cartón, chapas y maderas, con sus propias manos…Se persignó mientras decía “¡Gracias a la santita estamos vivos y tenemos dónde vivir!”
Isidro tenía en sus manos dos bolsas negras para residuos, Las tomó de las que rescata del basural para luego venderlas en el centro de reciclado. Estaban limpias y secas. Con ellas se cubrirían si se largaba la lluvia…
¡Vamos!, ¡Vamos!
Isidro protegía a su mujer sin aspavientos. Su hombría bien entendida sabía hacerlo. Además, amaba a esa mujer que se había ido transformando luego de cada niño que les naciera, luego de cada enfermedad, luego de cada pérdida…Ahora tenía las manos temblorosas, las cataratas de sus ojos le nublaban el mundo, y a veces necesitaba de un bastón (En realidad una rama bien elegida por su rigidez y lijada pacientemente para ella) para desplazarse. Sobre todo, en días como hoy o los anteriores, cuando la humedad reinante es una amenaza para las coyunturas óseas…
En esos días, el aire se enrarece: pierde su frescor de otoño y se vuelve caliente y pegajoso. La amenaza o promesa de lluvia es un prolongado interrogante mientras transpira en las chapas del techo y las paredes de la casa.
Pero este domingo, la humedad que ya era una presencia intolerable, la nube que los seguía arriba de sus cabezas, y ese rumor del aire que sabe a ranas hacía presentir que el agua era inminente.
El cielo, como estaba previsto, se precipitó con un aguacero tupido sobre ellos. Isidro apuró el desplegado de la negra bolsa para cubrir a Damiana poniéndosela sobre la cabeza a modo de capote, y luego se protegió él mismo. Estrechó más aún a su mujer.
Sin soltarla bordearon la laguna. En las orillas, el agua se veía verde y una nube de insectos se disputaba las carnes de un pescado tirado a la orilla. Tuvieron que taparse la nariz porque la proximidad al basural les castigaba el olfato.
Cuando pasaran esos espinillos, estarían a metros de la ruta…
¡Apuremos, Isi!. Ya ha de ser la hora que pasa el 48. Con suerte vamos a poder tomarlo y guarecernos dentro de él. ¡Está fuerte el agua!
Las ramas espinosas estaban bajas. Isidro alcanzó a levantarlas con sus brazos para que no lastimaran a Damiana. Se hirió las manos. Una espina quedó incrustada en el antebrazo pero mordió la queja para no preocupar a su esposa…”Que nada la detenga” “Está tan ilusionada”. “La Patrona tiene que hacer que desaparezca ese bulto que se le ve a simple vista y se le palpa, debajo de las costillas, en el lado izquierdo”… “El doctor dijo que había que hacerle ese estudio en Corrientes capital” “¡Puta, la pobreza!”… “no tenemos una moneda partida por la mitad”… “¿Cómo haré para llevarla?”…Las lágrimas del hombre se confundieron con el agua de lluvia.
Apretó el paso, apretó los dientes, apretó el hombro de su mujer…
_ Allá viene!.... Apuremos!. Un poco más, ¡dale, dale!” . Damiana animaba a su pareja, y corría con una agilidad inesperada soltándose de Isidro.
El agua era una cortina perpendicular, espesa, que impedía la visión y el cálculo de las distancias; pero, a Damiana no le importaba. Se paró en medio de la ruta levantando los brazos para llamar la atención al conductor del colectivo.

En el santuario de Santa Rita, el sacerdote terminó de confirmar que era hora de dar el último repique del último llamado de los tres que cada quince minutos hace antes de salir a recorrer las calles, en procesión, rezando el novenario a la Patrona del pueblo.
Las campanadas se mezclaron con el corte agudo y profundo de sirenas insistentes. Arreciaba el agua pero en el templo ya había parroquianos con paraguas y botas de gomas, dispuestos a desafiar al aguacero. El cura se acercó a ellos para invitarlos a partir. Desde el atrio, alcanzaron a ver el carro de los bomberos que ululaba con desesperación propia y detrás, dos ambulancias igualmente veloces y estridentes.
_ Algún loquito con resaca de la noche del sábado…dijo alguien
_ ¡Seguro! Contestó una señora, abriendo su paraguas.
La procesión, algo escasa en este domingo, hacía su recorrido por las calles aledañas, rezando el Santo Rosario. Algunos rezagados se iban sumando comentando el barullo de sirenas llenos de curiosidad por saber qué había ocurrido. Entre Padrenuestros s y Avemarías cuchicheaban las mujeres suposiciones varias: accidente, incendio, por la zona del matadero, por la curva Sur…y se oía alguna que otra voz por encima de las otras que decía “¡Esta juventud no tiene remedio!”...
Bajo esa intensa lluvia, cumplieron el recorrido. La gente recibió del Padre José una bendición a las apuradas. Su monaguillo le había avisado que lo llamaron los bomberos para que asista al lugar del accidente. Así lo hizo saber a los feligreses, pero que no tenía más detalles.
El matrimonio Romero se ofreció llevar al cura hasta el lugar. Un camión con acoplado
estaba cruzado y volcado en medio de la ruta justo en el lugar donde hacía instantes Damiana se paraba alzando los brazos para llamar la atención del conductor del colectivo de la línea urbana.
El colectivo, felizmente sin pasajeros, había dejado en el asfalto una oscura huella al sesgo producto de un volanteo inútil para evitar la colisión.

Entre chapas y hierros retorcidos de la trompa de ambos vehículos, Damiana - aún consciente – clamaba a Santa Rita mientras se desangraba. El cura fue quien le cerró los ojos después de la extrema unción y de haberle prometido que cuidaría de su Isidro sin saber a ciencia cierta de quién se trataba…
Frente a la escena, Isidro miraba con horror. La tentación de putear y maldecir se le apagó en medio del pecho. Se quebró como una rama seca y quedó allí, a orillas del camino fulminado por la impresión.

Diana Laura Caffaratti