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jueves, 5 de julio de 2007

Y ustedes,¿Qué piensan?

Hola a todos, amigos!
Respondiendole a Miguel en su blog, contaba que, el frío intenso y la falta de calefacción en mi escritorio me hicieron huir de mis tertulias bloggeras... Pero los extraño!
Terminé otro proyecto. Ya les iré subiendo fotografías. Están en una PC de del colegio donde trabajo.
Y ya estoy en camino a producir otro.
No quiero que pase más tiempo sin comunicarme con todos, de manera que hoy, comparto con ustedes estos artículos, que me envió una amigo; además les agrego el link de la página de donde fue extraído por si algo más les interesa.

http://www.intramed.net/actualidad/art_1.asp?idActualidad=47493&nomCat=Actualidades%20Misceláneas

27 JUN 07 | ¿Apocalipticos o integrados?
Sobre el fin del libro por Juan José Sebreli



¿Cómo se explica que mientras aumenta la cantidad de publicaciones y el alfabetismo se extiende en todo el mundo haya una aparente disminución del número de lectores?


Juan José Sebreli

“El libro no tiene por qué morir..."



(Perfil.com)

A los nostálgicos habrá que recordarles que la Edad de Oro de la lectura nunca existió, pero en contra de las predicciones que anuncian el fin del libro, el sociólogo cree que lo que vivimos es una “crisis del libro”, sintomática de una sociedad en transición. “El libro no tiene por qué morir ni tampoco es necesario para su supervivencia renunciar a las innovaciones técnicas”, asegura. Juan José Sebreli.

El fin del siglo XX y el fin del milenio alentaron las teorías de los “fines” y las “muertes” de muchas cosas que se creían eternas, se habló del fin de las ideologías, del fin de la filosofía, del fin de la historia, del fin de Occidente, del fin de la modernidad. En tanto el doble acto de leer y escribir es un típico producto de la modernidad, los posmodernos no podían dejar de pensar en el fin de la cultura escrita, en la muerte del libro. El libro pertenecería, según estas concepciones, al declinante paradigma moderno y sería sustituido por los medios audiovisuales, la biblioteca por la pantalla electrónica, la letra por la imagen y el texto por el hipertexto, la intertextualidad, el hiperespacio y los multimedios.

Simétricamente opuesta a esa posición está la de los neorrománticos antitecnológicos a los que Umberto Eco llama “apocalípticos”; esos melancólicos nostálgicos coinciden, aunque con distinto signo, con los posmodernos en la creencia del derrumbe irresistible de la cultura moderna.

Contra esas dos posiciones igualmente unilaterales es posible recuperar el pasado, renovando su herencia y preparar a la vez las condiciones del futuro. El libro no tiene por qué morir ni tampoco es necesario para su supervivencia renunciar a las innovaciones técnicas.

A los nostálgicos habrá que recordarles que no hubo tal Edad de Oro de la lectura, que el paraíso cultural perdido que añoran nunca existió. Hasta mediados del siglo XIX, la inmensa mayoría de la humanidad –y en especial la mujer– era analfabeta, y eso ocurría en plena era Gutenberg, cuyo ocaso hoy se lamenta.

En contraste, en las últimas décadas del siglo XX la matriculación en la enseñanza primaria aumentó en el mundo dos tercios. Además, el asombroso desarrollo de la tecnología informática ha tenido un fuerte impacto en la cultura y en la industria del libro en particular. Las nuevas técnicas de impresión abarataron considerablemente la publicación de libros. A pesar de la competencia con el cine, la radio, la televisión, el disco, el video, Internet y otros productos de última generación, los libros se multiplicaron. Hay grandes editoriales transnacionales que llegan a publicar un millón de libros por día en todo el mundo, y en las sociedades avanzadas, las ediciones de bolsillo alcanzan la suma de 1 a 5 millones de ejemplares de tirada por título, cifras impensables en el pasado. Enormes librerías se abren en las grandes ciudades, incluso en la Buenos Aires sacudida por la crisis. Por otra parte, la televisión, que como toda técnica es un arma de doble filo, si bien la programación de canales de aire es contraria a la cultura, algunos canales de cable transmiten biografías de escritores y versiones de grandes novelas que pueden incitar a la lectura.

Los nostálgicos alegarán, no sin razón, que la producción masiva ha provocado un mayor número de malos libros, literatura basura, los no-libros que hoy llenan las listas de best sellers. Sin embargo, no debe olvidarse que los malos libros siempre fueron más que los buenos –el talento es escaso– y que el tiempo ha servido de tamiz para que sólo se conservaran los mejores.

Faltan las estadísticas adecuadas para develar el enigma que representa el aumento de las publicaciones y la mayor difusión del alfabetismo y, a la vez, la aparente disminución del número de lectores, sobre todo de la calidad de ese lector permanente y omnívoro, de lecturas extensivas e intensivas, el que lee todos los días, visita una librería de la que es asiduo y donde puede consultar a un vendedor especializado, esas mismas librerías familiares que son reemplazadas hoy por grandes supermercados de libros con vendedores que se limitan a consultar la computadora. Las grandes ventas se basan en los lectores circunstanciales, el que lee de vez en cuando, el que compra libros para regalar, el lector de vacaciones, el que elige el libro de un autor que ha visto en televisión. También son muchos los compradores de libros que no leen. De otra manera, no puede explicarse que obras muy difíciles como El ser y la nada de Jean-Paul Sartre haya sido un best seller, o que Theodor Adorno se venda en los kioscos de diarios o en las góndolas de los supermercados

La Feria del Libro es un fenómeno de masas paradigmático de esta contradicción: es visitada por miles de personas, que el resto del año no entrarán jamás a una librería. La Feria satisface ese pseudo-comunitarismo de los actos masivos del evento deportivo o el festival de música pop, con ecos de aquellas concentraciones de masas de los totalitarismos políticos del siglo pasado. Cuando Jürgen Habermas vino a Buenos Aires, hubo fila de varias cuadras para entrar en el salón de conferencias, por lo que el autor, muy asombrado –y algo disgustado–, exclamó: “No soy un autor de masas”. En efecto, muy pocos de esos asistentes podrían entender sus abstrusos textos, sólo iban por la curiosidad de ver a una notoriedad mundial.

La escasez de lectura es notoria entre los jóvenes argentinos, los libros leídos no llegan al uno por ciento anual. La cultura juvenil pop privilegia el deporte, la imagen y en especial el sonido por sobre la letra. El fracaso masivo de los estudiantes secundarios en los exámenes de ingreso a la facultad, sobre todo por su incapacidad para comprender los textos, revela la falta de lectura. Es frecuente además que los profesores de las escuelas de periodismo se quejen de que sus alumnos no leen el diario, y los profesores de Letras se alarmen porque los estudiantes no leen novelas. Dado que el hábito de la lectura se adquiere en esos años, es dudoso el destino del libro cuando esas generaciones aletradas tomen la posta.

Las contradicciones del libro y su lector no hacen sino reflejar los cambios de la sociedad actual. George Steiner lamentaba la desaparición de un tipo humano que lee en la tranquilidad de una habitación –el “cuarto propio” de Virginia Woolf– , donde sea posible aislarse y estar rodeado de silencio. La añoranza de Steiner tiene sin duda algo de elitista ya que el lector al que alude pertenecería a un estrato social con una situación económica desahogada, con buena educación, con una casa lo suficientemente espaciosa y gustos cultivados a través de años de ocio y estabilidad. Pero hay aspectos de la queja de Steiner que superan los límites clasistas y tienen un valor universal. El silencio y la tranquilidad siguen siendo necesarios para la lectura y resultan cada vez más difíciles de encontrar en las ajetreadas megalópolis. El ruido, el hacinamiento, la obsesión por la rapidez, el espíritu gregario, el predominio de lo grupal sobre lo individual, no encontrarán satisfacción en una actividad íntima y solitaria como la lectura.

A pesar de todas esas incitaciones que alejan al individuo de la lectura y en contra de las predicciones apocalípticas que anuncian el fin eminente del libro, pienso que más que de una decadencia se trata de una crisis del libro, sintomática de una sociedad en transición. Dentro de algunos años, tal vez, las disquisiciones actuales sobre los “fines” sonarán tan anticuadas y marchitas como la mayor parte de las predicciones de este tipo. Se decía que la fotografía acabaría con la pintura, el cine con el teatro, la televisión con el cine. El único fin que seguramente sobrevendrá será el de la teoría del fin del libro.

***

MEDIOS
El susurro del deseo

Por Miguel Wiñazki

Roland Barthes se pregunta -y pregunta con profundidad, claro-: “¿Qué es lo que hay de deseo en la lectura”. Para él, hay un erotismo en la lectura, un erotismo vinculado con la soledad. Para ejemplificarlo cita a Proust en “En Busca del Tiempo Perdido”. Allí, el narrador, agobiado por un clima familiar intolerable, cuenta y describe: “Me subía a llorar a lo más alto de la casa, junto al tejado, a una habitacioncita que estaba al lado de la sala de estudio, que olía a lirio, y que estaba aromada, además, por el perfume de un grosellero que crecía afuera, entre las piedras del muro, y que introducía una rama de flores por la entreabierta ventana. Este cuarto… me sirvió de refugio mucho tiempo, sin duda por ser el único donde podía encerrarme con llave para aquellas de mis ocupaciones que exigían una soledad inviolable: la lectura, el ensueño, el llanto y la voluptuosidad”.

La lectura, considera Barthes, la lectura deseada, requiere de un estado de apartamiento, en el que “resulta abolido el mundo entero”. Leer es una fuga deseada hacia la clausura. Descansa uno de los demás, gracias al encierro. Se trata de ingresar así en otro mundo, más personal e íntimo, en el que es preciso suspender “la realidad”, para navegar con delectación por una novela o por un cuento, o por un poema. Leer es, desde ese punto de vista, leer en soledad, sólo acompañado por los personajes que transitan por las páginas escritas.

Si esto es leer, cabe preguntar: ¿Los medios, los medios escritos, son medios para leer? ¿O lo que se realiza con ellos es otra cosa, otra operación intelectual?

A la vez, hay otra subdivisión. La de los medios impresos y la de los medios digitales. ¿Difiere la lectura en el caso de unos y otros?

Tal vez, pensando en voz baja en éste caso, (o mejor dicho, pensando en silencio, pero pensando, es decir, escribiendo sin afirmar nada sino potencialmente), podría decirse que en los medios impresos hay espacios destinados a la lectura, artículos de fondo, breves ensayos a veces sobre la situación política o social, o brevísimas piezas de análisis, que no por breves, o por brevísimas, resultan marginales al hecho de leer. ¿Para leerlas es necesaria la soledad invocada por el personaje de Proust? Tal vez los diarios requieran de introspecciones breves también, pero de introspecciones al fin, o de diferentes grados de introspeccción. Hay una diferencia con el lector proustiano, de todas maneras. Una o muchas diferencias. El lector de medios no ha abolido al mundo para leer, sino que lee incorporando al mundo, incorporando al mundo mediatizado a la vez por los medios que se leen. En todo caso, pienso, aún es factible leer los diarios. De hecho, hay lectores de diarios. Pero claro, aunque introspectivos a veces –es común ver a personas concentradas, tomando un café solas y leyendo el diario- también los hay extravertidos que comparten lo leído, leyendo en voz alta a un interlocutor lo que ¿leen? pero ya no en soledad.

¿Qué ocurre con los medios digitales? Aquí la lectura es de un orden análogo en un punto, pero a la vez diferente. Por lo pronto, el lector no se inclina ante el texto, como ante un libro, o incluso ante un diario impreso, sino que se instala de manera horizontal frente a la pantalla. Hay una perspectiva tal vez menos ceremonial ante la lectura. Por lo demás, las manos operan de otra manera que ante un libro o ante un diario. No se trata de dar vuelta las páginas, sino de transitar la pantalla a través de la mediación del mouse y del teclado eventualmente (excursus: me resulta muy profano –cuanto menos- utilizar el término “mouse” en una columna en la que se comienza citando a Proust, pero no encuentro otro remedio). En fin, en Internet se lee con las manos muy activas. Como si se leyera escribiendo. De hecho, el lector de medios en Internet se define porque interactúa, porque responde a través de los foros o de los blogs. ¿Es una lectura introspectiva y apartada como la definida por Barthes a través de Proust?

Podría decirse lo que se dijo. Es una lectura horizontal, donde el emisor está en un mismo plano que el receptor, en la que el receptor (el lector) se convierte de pronto en emisor y redactor, en autor.

Hay una coincidencia sugerente, entre el lector y el internauta. La soledad para leer que reclama el lector de Proust es la misma que reclama para desplegar su voluptuosidad. Y en Internet la voluptuosidad existe y la soledad también. En Internet la sexualidad se despliega ante el voyeur solitario, o para el solitario que busca, en realidad, comunicarse voluptuosamente. Y si la lectura es también erotismo, Internet ofrece esa posibilidad. Y millones la transitan. Millones navegan por Internet “En busca de la voluptuosidad perdida”.



Publicado en Clarín