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sábado, 19 de agosto de 2006

A Irenemorocha y a Tano donde quiera que esté

Irenemorocha, cansada de sus trasnochadas intelectuales, aborreciendo cada vez más el tediode las obligaciones, sacó las últimas monedasahorradas, para comprar los pasajes y viajar durante sus vacaciones de invierno. Por fin estaría acompañada con sus queridos padres y sus numerosos hermanos .
Al dinero que había ahorrado para algunas extras en tiempo de relaje, prefirió invertirlo en la veterinaria para que le recetara algún somnífero liviano para Tano, su gato marca cualquier cosa.
Su cerebro maquinó mil maneras para que Tanito pudiera estar a su lado sin que lo percibiera nadie.
El esfuerzo fue exitoso.EL viaje se hizo sin sobresaltos.
Descendió del vehículo en la estación de llegada, apuró los trámites de equipaje y antes de los abrazos familiar de bienvenida, liberó a su felino del bolsillo mediano que había emparchado a la ligera en el interior de su abrigo.
Asomó el rollito tierno y peludo (no era Platero) durmiendo su quinto sueño, borracho de droga relajante.
Con temor, Irene, la morocha, pasó en vela el resto de la noche dudando si su mascota dormía o estaba a punto de colapsar.
Cuando el minino abrió con pereza sus glaucos ojos, la muchacha sonrió con su bocaza sensual y se llenó de ternura verlo tambalear sobre sus cuatro patas como si hubiera metido en un barril de vino.
Sintió aliviadas sus dudas funestas, y respiró con satisfacción el aire litoraleño mientras reprimía el sapukay que quedó a medias en su garganta antes de alarmar a todos en la casa.
Fué a, y vino, de todas partes con el gatuno. Se enorgullecía al mostrárselos a sus amigos de tal manera, que comenzaron a mirarla de reojo y con desconfianza.
No le importaba. Tano era su bebé, su abrigo, su dolor de cabeza, su abrigo, su interlocutor. ..

Día de regreso: Búsqueda infructuosa. Tano no aparecía. Tano no apareció...
Con una tristeza larga hasta más allá del horizonte, la joven dejó su pueblo, para regresar a la capital donde volvería a sumergirse en los estudios.
Lloró durante todo el tiempo que duró su viaje. Lloró en el andén de Estación Retiro. Lloró dentro del taxi, Lloró y gimió mientras trabajosamente trataba de abrir la puerta de ingreso a su departemento. Llorando, tiró sus bolsos en cualquier lado, y dio rienda suelta a todo el volumen de su llanto.

... Hace una semana que llora. Inundó su blog con su mar de lágrimas. Estaba llorando cuando entré a él y me enteré de la desgracia.
El llanto de Irene superaba el ciberespacio.De mi computadora comenzó a manar un hilo de agua, que fue aumentando hasta convertir la habitación en un lago.
Como siempre, mi analfabetismo informático no pudo parar el caudal que continuaba saliendo ya como cataratas a pesar de intentar todo los clicks imaginados.
Sentí como mi escritorio y mi silla, conmigo sentada, comenzaron a navegar al mismo ritmo.
El miedo me inutilizaba,pero no hacía más que seguir junto con el escritorio, el rumbo del agua que ya ya en la sala, había decidido girar en remolinos. YA el lago en la sala había llegado a tener más de dos metros y medio de profundidad. En la superficie,nadábamos la silla, el escritotio, la computadora...Me monté sobre la tapa del escritorio,tomé dos aspas del ventilador de techo al que alcancé sin dificultad, y usándolos como remos comencé a batirlos dentro y fuera del vértigo.
Nunca había remado, de manera que no guardaba esperanza alguna de salir de la situación... Sin embargo, mi improvisada nave al aire libre y sin timón zafó del torbellino, y salió rauda hacia el noroeste, dentro de la casa, rumbo al pasillo de ingreso, ahora improvisado canal.
El agua ya casi sobrepasaba la altura de la banderola de la antigua puerta cancel. Hube de agacharme para no romper la preciosa lámpara de opalina que lo iluminaba. A punto de chocar con la puerta de ingreso, alguien la abrió impulsando a la corriente a ganar la calle.
Ahora, la fuerza del agua disminuirá al llegar al exterior, me dije feliz, mirando hacia el cielo para agradecer a Dios.
Al abrirlos,la fuerza del agua corría ahora por la calle, llevándome consigo.. Por encima de los árboles segúia mi paseo, ya no solitario porque todo cuanto encontró a su paso lo fue arrastrando , flotando como papeles indefensos:
El Mercedes Benz de mi vecino, con él adentro; la mucama de la otra cuadra que continuaba impávida blandiendo su escoba como si barriera su vereda; los cajones de frutas y verduras del negocio de la esquina; los chicos en bicicleta que frenéticamente pedaleaban para llegar a la escuela; el carnicero con una ristra de chorizos en la mano y un cuchillo en la otra, aterrorizado por el espectáculo; las ancianitas del Centro de jubilados que habían ido a que las atienda la pedicura... Todos, en una parafernalia de película.
El agua siguió creciendo y tomó el rumbo hacia el caudaloso río mesopotámico, coleccionando cuanto objeto, animal o persona se cruzara en su andar.
Siguiendo su intinto acuático, desembocó en el río que enfureció por la intromisión y comenzó a agitarse presentando batalla.
Nada podíamos hacer.
Como en el juego del antón Pirulero, cada uno atendía su juego.
Yo pédía SOS por mail, pero todos creían que eran una broma y me contestaban estupideces, una peor que otra.
Los escolares seguían pedaleando, el carcnicero trataba de hacer coincidir cuchillo con chorizo mientras, su cliente se había sentado en el mostradoe fumando tranquilamente su cigarro.
La mucama, había apoyado la escoba en su cuerpo, y se hurgaba la nariz con gran interés.
El vecino del Mercedes, había abierto su lap y escribía algo en ella, compartiéndolo con su acompañante.
A nadie parecía interesarle ni preocuparle demasiado la situación.
Yo gritaba desaforadamente para que caigan en la cuenta que nos íbamos sin destino fijo... Al divisarme, me saludaban alegremente levantando su mano y haciendo visera con la otra pues el sol ya era escandalosamente brillante.
Sorteamos meandros, deltas, islas, ciudades, alcanzamos a ver algo que emergía como la punta del obelisco de la Plaza de Mayo, atravesamos un mar barroso y bravío, que supuse el Rio de la Plata y fuimos a dar en la inmensidad universal del océano.
El mar continuó arrastrándonos sin la conciencia de naúfragos días y noches. La única desesperada era yo, al parecer,hasta que llegamos a un puerto con olor penetrante a pescados y mariscos.
Los pescadores detuvieron su trabajo para mirarnos asombrados, pero nadie nos preguntó nada. Aterrizamos sin sentirnos arrojados por el agua. Más bien tuvimos la sensación de que nos depositó con inmenso cuidado.
Comenzamos a movernos como si conociéramos el lugar, con movimientos plásticos, y lentos... Gacelas extrañas en un lugar distinto.
Caminé sin rumbo aparente. Crucé una hermosa ciudad, vivaz y alegre, donde sus gentes hablaban el español con un dejo de gitano, y los numerosos coño!, joer!, oye tú, pringao!, me anoticiaron que estaba en España.
Escalé unas montañas y ya no sentada a la silla de mi escritorio, sino con él a cuestas y mi compu en un bolsillo, elegí la estrecha ruta cuyo cartel decía : a Colmenarejo, 70 Km.
No sentía cansancio. Mi cuerpo tenía la levedad de una pluma y yo la fuerza de un ejército de hormigas.
Sin preguntar, fui eligiendo la ruta, hasta que llegué a un coqueto barrio residencial.
Otra vez la gente me miraba como me miraron los marineros del puerto...
Abrí la puerta de la casa como si ya la conociera, atravesé la planta baja hasta encontrar la escalera, apoyé mi silla, mi escritortio aún chorreante. Dentro de uno de los cajones entrabiertos alcancé a ver las facturas de la luz, el servicio de Internet, las de Telecom, las de cable televisivo, con sus respectivas fechas de vencimiento y vacíos los casilleros de las cifras adeudadas.
Coloqué la computadora completa sobre la tapa superior del mueble, la sequé con el camisón mojado, me pasé una mano por el cabello, alisé un poco la ropa y comencé mi camino cuesta arriba hacia el primer piso.
Las chinelas producían un chasquido resoplando chorritos de barro y formaron un evidente rastro como el que Hansel y Gretel pretendieron hacer con sus migas de pan.
La escalera terminaba en una hermosa e íntima recepción. A su izquierda, una puerta entreabierta colaba la voz grave de alguien que entonaba una canción romántica. Me llegaba al oído impresionándome tanto como al olfato el olor a azahares que provenía del lugar.
En el trayecto, mi ropaje se había secado. Dejé mis pantuflas al lado de la puerta, y la abrí más para ver quién era la dueña de la voz.
Una inmensa cama con altos barrotes de donde colgaban paños de tela etérea, presidía la escenografia
de la habitación.
Avancé en puntillas. Cuando pasé por frente de un espejo de generosas dimensiones, alcancé a verme de cuerpo entero. (No recuerdo en qué momento me había acicalado como cuando uno se prepara para una gran fiesta: con los mejores detalles. )
Ya casi a un metro de la cama, percibí con claridad la silueta de la cantante tras los visos del dosel.
El pulso palpitó con dulces golpes.
Me detuve cuando la mujer dejo de canturrear. Ella extendió su brazo hacia el lugar donde yo estaba de pie...
Corrió las tenues cortinas. Nos quedamos observánodnos durante unos segundos de tal silencio profundo que hasta se lo podía oír.Y después, con una sonrisa juguetona y ese brillo en la mirada extendió sus brazos sujetando un gato pequeño diciéndome: te estábamos esperando.
Ya con el gato recobrado no me preocupé por saber si quién lo devolvió fue un hada o una bruja.
FIN
PD.: Irene, lo siento el cansancio me llegó después y fue tan grande, que no tuve fuerzas para soportar el peso de tu minino.
Me podrías explicarme qué hacen mi computadora, mi escritorio, y mi silla prolijamente dispuestos en el mismo lugaar de siempre?