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sábado, 27 de mayo de 2006

DIEGO


DIGO:
_que a este cuento lo he posteado en otro de mis blogs.

_que es mi deseo compartirlo con todos mis amigos

_que por ello, lo transcribo en su totalidad para conocernos

más a través de sus comentarios

Por lo expuesto, me ordeno:
publícalo.



Lo amé locamente.

Mis días sólo tenían pensamientos para él, ojos para él,
atenciones para él, canciones para él.

Sí. Lo amé locamente.

Fue un regalo que Dios dispuso para mí. Mi felicidad.
Mi objetivo diario.
Mi razón para encontrarle un significado al día.

Se llamaba de otro modo, pero para mí era Diego.
Diego de Triana. Porque en los tiempos de Jardín
de Infantes, el cuento de mi maestra Amanda me
había fascinado.( Aún persisten los ecos olorosos
de caramelos y manzanas mezclados con la voz de
la “señorita”: Diego anunció desde muy alto :
Tierra!);
Y desde entonces, Diego de Triana pasó a ser el
Príncipe Azul que esperaba: sería como un ángel.
Un ser luminoso, que me inundaría de felicidad.

Y cuando lo tuve a él...
Sí; - porque lo tuve - lo poseí con la totalidad de
la obsesión; del capricho; del egoísmo.

Diego fue mío.

Los celos me torturaban. No permití que ninguna
mirada se dirigiera a él. Yo creía protegerlo de malas
intenciones.

Él nunca se quejó. Me permitió todos los excesos.

Diego estuvo conmigo.

Nunca sospeché que me abandonaría.

…Fue el día que pasamos en el jardín divirtiéndonos
con adivinanzas.

Se había nublado. El proceso fue lento.

Primero, el sol de octubre había instalado un brillo tan
azulino en el cielo, que inspiraba al silencio.

Estuvimos un largo tiempo contemplativos; yo,
abrazándolo con esos abrazos míos tan posesivos…

Apareció la primera nube de un gris tímido mezclado
de blanco… y empezamos el juego: … “¡a que ahora
se forma la cara de la Virgen!”, dije.

(Diego nunca me contradecía…)

Yo Seguí arriesgando formas posibles mientras el cielo
iba oscureciéndose.

E inevitablemente,comenzó a llover, y solté el cuerpo
de Diego para levantar la tetera , la azucarera y las
tazas del té que habíamos disfrutado en compañía.

Junto con la lluvia, se desató un viento feroz. En la
casa,puertas y ventanas se golpeaban disparatadamente.
Las cortinas se arremolinaban llevando todo al suelo.
Un florero cayó haciéndose trizas sobre el piso de la cocina .

Truenos, rayos, viento, puertas, ventanas, componían una
tenebrosa sinfonía.

De repente, se apagó la luz… Tuve un leve estremecimiento
y la sensación de soledad se me hizo cierta cuando llamando
a Diego, éste no respondía.

- Diego!; Diego! grité…

El ruido en la atmósdera era aterrador.

Salí a ciegas a buscarlo: Dieeegooooo!, Diegooooooo!

Tropecé con algo que me lastimó una pierna. . Sentí dolor y
cómo me corría la sangre desde la rodilla hacia los pies. Pude
levantarme con esfuerzo, pero el agua había transformado al
suelo de lajas en una pista enjabonada, y volví a caer. Me
lastimé la boca, a pesar de haber puesto las manos para
amortiguar el golpe.

El viento era cada vez más feroz... Agua, hojas, ramas, me
castigaban rostro y cuerpo.

Dieeeego! Volví a llamar,desesperada.

Traté de concentrarme para ver si oía algo que me diera la
pista dónde encontrar a Diego.

Un rayo salido del mismo infierno, partió al jardín en dos.
Me encegueció.
Perdí el sentido de orientación mientras todo se intensificaba:
el clamor del agua, los truenos, el viento, mi miedo, mi
desorientación.

Llorando, me arrastré hasta encontrar una pared que me
sirviera de referente.
Siguiéndola, alcancé a percibir una oquedad. Extendí los
brazos hacia los costados. Palpé una superficie de madera
empapada; restos vegetales y tierra pegadas a ella.

Rezando, implorando a Dios por mi Diego, entré a la casa,
tiritando de frío o de miedo- no sé bien-.

Por favor, Diosito, que Diego haya podido refugiarse
en la pérgola de invierno! Allí estaría algo protegido.
Repetí mis ruegos como una letanía mientras el cielo
no cejaba su furor.

Recé y recé.

Lloré con todos mis fuerzas mientras seguía clamando
a Dios por mi Diego, hasta que el cansancio me rindió.
La luz no regresó hasta la mañana siguiente.


Quedé dormida y tuve pesadillas: Diego me miraba
con sus ojos azules y esa sonrisa que nunca pude
descifrar mientras se dejaba mimar por Susana quién
me lo llevaba…; Diego era izado por el viento y como
un barrilete, se iba, cada vez más alto, - más alto que
el Palo Mayor de la nave desde donde anunció tierra -
… Cada vez se volvía más pequeño hasta desaparecer….

Cuando desperté, todo había vuelto a la calma.

Desde la lucerna de mi habitación pude adivinar la
presencia del sol.

Salté de la cama. El cuerpo me recordó las caídas
de la noche. Una rodilla hinchada, tenía una costra
amarronada y reseca que bajaba como una hilacha
hacia el pie. Me costó flexionar la pierna y cuando
apoyé las manos en la cama para dar un impulso al
cuerpo y levantarme, las articulaciones de mis manos
respondieron con padecimiento.

Busqué la puerta y salí a ver dónde estaba Diego,
todavía con la impresión de abandono que me
habían dejado mis pesadillas de la noche anterior.

La casa olía a limpio y dentro, ya todo estaba en
orden: aunque faltaba el jarrón en la cocina, y las
ventanas no tenían sus visillos.


El corazón me latía a veces en el cuello, otras en
la garganta y otras, casi se me salía de la boca,
mientras cruzaba la sala y el comedor, luego la
galería en busca de mi Diego.

Desalentada crucé el patio de lajas hacia el banco
donde habíamos estado adivinando formas en las
nubes...

Lo encontré caído entre dos pesadas ramas del
viejo algarrobo. Indefenso, de bruces, desarticulado.

El espectáculo me sobrecogió. Grité su nombre con
voz enronquecida y volví a llorar desconsoladamente .
Sentí cómo el alma se me rompía en miles fragmentos.

Con desesperación di vuelta su cuerpo y el terror me
desorbitó.

Contemplé el espectáculo muda de espanto.

Pasé del llanto a la mudez absoluta en una fracción de
segundos.

Quedé atónita sin encontrar razón alguna para justificar
la tragedia que tenía ante mí.

…...........................................................................
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Pasó mucho tiempo hasta comprender que los muñecos
de yeso se derriten por la acción del agua.

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Nunca olvidé a mi Diego.
Aunque mamá y papá trataran de suplantarlo
con sucesivos modelos.