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martes, 4 de marzo de 2014



Estas cosas pequeñas de todos los días caben en un puño y son todas mías: esa hoja tan verde, ese grillo que canta, esa piedra diminuta, un escaramujo seco, aquél colibrí detenido, la gota del rocío , - tal vez - , la nube que pasa…

El sol incendia las paredes en enero. Metálicas, las calles hierven al son de las chicharras. La siesta se acuesta sobre un banco de arena, expandiendo un sopor que pesa sin pausa.
Enero en el hemisferio Sur. 43° grados de calor a la sombra. Sensación térmica de sofoco insoportable. Un niño en harapos, piojoso y moquiento golpea a la puerta pidiendo agua fresca.
Desconociendo las reglas de la buena salud, le alcanzo un vaso enorme y burbujeante de bebida cola con tres cubos de hielo que hacen transpirar la copa.
Le brillan los ojos al niño que aferra mi obsequio con fuerza entre esas manitas morenas con uñas crecidas y yemas ennegrecidas.
Bebe de golpe, cerrando los ojos. Se oye voraz en los acelerados tragos. La avidez le hace escapar un hilillo del líquido que se desliza por las comisuras.
EL vaso ha quedado vacío.
Lo mira como esperando ver resurgir la bebida para repetir hasta la saciedad el grato momento , y luego me lo regresa sin palabra alguna.
Entiendo: un poco más no estaría mal.
Lo invito a pasar, lo dirijo hacia la cocina: le ofrezco una silla, le sirvo otra copa, agrego hielo y lo contemplo llena de preguntas: ¿Qué hace este niño? , ¿Dónde vive? ¿Con quién? ¿Cuántos años tiene? ¿Llora? ¿Ríe? ¿Come todos los días? ¿Hay alguien que se ocupe de él, que le cuente un cuento, le remonte un barrilete, le hable de hadas y caballeros andantes?
Las preguntas quedaron en mi mente.
EL niño apuró otra vez el contenido del vaso, se limpió los labios con el dorso de su brazo y salió de la silla.
Me miró desde un pozo profundo, desandó el camino hacia la puerta, y salió sin darse vuelta, chicando hacia la avenida. En la esquina, le surge desde adentro una expresión sonora y aguda mientras me dedica, supongo, el salto más alto, y luego se pierde entre algunos autos que avanzan.
Y esa soledad íntima que yo sentía se licua en mis venas.

Estas cosas pequeñas de todos los días caben en un puño y son todas mías: esa hoja tan verde, ese grillo que canta, esa piedra diminuta, un escaramujo seco, aquél colibrí detenido, la gota del rocío , - tal vez - , la nube que pasa…
Y esa expresión sonora y aguda

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